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Arturo Fontaine  [ Chile ]

Biographie

Arturo Fontaine Portrait
© privat

Gast des ilb 2005.

Bibliographie

Nueva York
Editorial Univesitaria
Santiago, 1976
 
Poemas hablados
Francisco Zegers
Santiago, 1989
 
Cuando éramos inmortales
Alfaguara
Santiago, 1999
 
Oír su voz
Alfaguara
Santiago, 2003

Übersetzer: Petra Strien

Arturo Fontaine T. (Talavera) wurde 1952 in Santiago de Chile geboren. Er studierte Philosophie an der Columbia University und an der Universidad de Chile. Fontaine gilt als bedeutender Vertreter der »Nueva Narrativa Chilena«, die das Erbe der »Generación del Boom« genannten Erzähler des magischen Realismus angetreten hat. Er debütierte mit den Gedichtbänden »Nueva York« (1976; Ü: New York) und »Poemas hablados« (1989; Ü: Gesprochene Gedichte). Sein erster Roman »Oír su voz« (1992; Ü: Seine Stimme hören) begeisterte nicht nur Kritiker, sondern hielt sich auch 46 Wochen in den lateinamerikanischen Bestsellerlisten. Er zeichnet ein profundes und kritisches Porträt der chilenischen Gesellschaft, das sich in der Tradition der großen Romane des 19. Jahrhunderts bewegt. Vor dem Hintergrund der wirtschaftlichen Neuordnung Chiles unter General Pinochet wird von den Machenschaften einer Gruppe von Geschäftsleuten und von einer leidenschaftlichen Liebe erzählt. Mit feinem Gefühl für sprachliche Nuancen zeichnet Fontaine eine komplexe Gesellschaftsstruktur nach, indem er deren Vielstimmigkeit zu Wort kommen lässt. »Die Macht wird immer von der Sprache ausgeübt. Es gibt keine menschliche Macht, die nicht in Sprache gekleidet ist. In ›Oír su voz‹ ist eine Vielzahl von Jargons und Sprachen versammelt, die sich durch ihre Nebeneinanderreihung relativieren, gegenseitig destabilisieren und enthüllen, was sie sind: Sprachen, Deutungen. Es gibt keinen einheitlichen Ton …, sondern eine Verschränkung verschiedener Töne, uneinheitlicher linguistischer Materialien.«

Fontaines besonderes Interesse gilt der Wechselwirkung, die zwischen der gesellschaftlichen Ordnung und dem Gefühlsleben des Individuums besteht. Sein zweites Epos, »Cuando éramos inmortales« (1998; Ü: Als wir unsterblich waren), ist ein autobiografisch inspirierter Entwicklungsroman. Er zeichnet den Modernisierungsprozess Chiles in den sechziger Jahren mit seinen sozialen und ideologischen Kämpfen am Beispiel einer Großgrundbesitzerfamilie nach. Emilio – der Name des Protagonisten spielt auf Rousseaus »Émile« an – muss erleben, wie mit der alten gesellschaftlichen Ordnung auch sein Gefühl der kindlichen Geborgenheit schwindet. Eine Agrarreform nimmt der Familie ihre angestammten Pfründe, die Eltern lassen sich scheiden. In den Quälereien seiner Mitschüler erfährt Emilio eine Vorahnung der kommenden Militärdiktatur, bevor er sich auflehnt und eine Neuorientierung wagt.

Fontaine arbeitet als Professor für Philosophie an der Universidad de Chile. Daneben ist er Direktor des Centro de Estudios Públicos. Diese nicht-kommerzielle akademische Vereinigung hat sich der Erforschung jener Prinzipien, Traditionen und Institutionen verschrieben, auf denen eine freie, pluralistische und demokratische Gesellschaftsordnung basiert. Fontaine veröffentlicht regelmäßig Essays zu politischen Fragen und kulturellen Themen, u.a. in »El Mercurio«, »Nexos« (Mexiko) »Revista de Libros« (Madrid) und »Página 12« (Argentinien).

© internationales literaturfestival berlin

Berlin View

Me gusta que la tinta se acabe

Lo primero que quisiera decirles es que no recomiendo a nadie hacer una novela como yo lo he hecho. Soy un escritor que dilapida esfuerzos, lento, desordenado, en una palabra, ineficiente. Por ejemplo, escribo a mano, quiero decir con mi pluma fuente Parker 51. Me gusta el olor de la tinta, el roce de la pluma en el papel, el rastro de la corrección que se sobre- pone, la trayectoria de las flechas, los círculos de frases intercaladas. Me gusta que la tinta se acabe porque siempre me ha asombrado que pueda abandonar su reposo protegido por el cristal del tintero y subir desafiando la gravedad hasta el estanque de la lapicera. Después paso lo escrito al computador, imprimo y vuelvo a rayar con lapicera para volver al computador, en fin...

Lo que más me hace perder tiempo es que escribo sin un plan previo. No sé la trama. Voy descubriendo la historia poco a poco, compaginando lo escrito. Ignoro qué va a ocurrir en la escena siguiente. José Donoso me recomendó anotar, al término del trozo escrito ese día, cómo pensaba continuar al día siguiente. Le he hecho caso a él, pero no a mí mismo. No cumplo casi nunca mis propias instrucciones. Me mantengo en un estado de incertidumbre. El final de Oír su voz lo escribí al final. Brotó de repente en la escritura.

Los personajes son una incógnita hasta que me los encuentro en una escena que estoy escribiendo, que ya escribí para ser exacto. Por eso mismo no sé muy bien hacia dónde van. Mientras exploro sus vidas posibles sigo perdiendo el tiempo.

Desde luego, a nadie puede convenirle hacer las cosas así. Y, sin embargo, por ejemplo, hace una semana Luis Helmes, jefe del departamento de castellano del Instituto Nacional, el mejor liceo de mi país, me presentó a un ex alumno suyo, hoy joven colega, que ha comenzado recién a hacer clases en el Instituto. "Me hice profesor para no irme nunca del Instituto", me dijo. Y acto seguido: "Quiero conocer a Adelaida. Preséntamela. Porque no puedo creer que esa mina no exista tal cual."

Unos tres meses después de aparecida la novela, me llamó una periodista chilena radicada en Río para hacerme una pequeña entrevista para un semanario de allá. Me encontré en el lobby del Hotel Hyatt con una mujer morena de unos treinta años. Nos tomamos un café ahí mismo y de inmediato hizo alusión a una escena de la novela. Al cabo de algún rato le pregunté si no usaba grabadora en sus entrevistas. Me contestó que ya iría a buscarla. Quería mostrarme también la publicación. Al cabo de otro rato le pregunté si no iría a buscar la grabadora. Me estaban saliendo frases que lo sabía, no se me ocurrirían de nuevo. Entonces se puso un poco nerviosa y me dijo: "No. No hay grabadora ni revista brasilera. No soy periodista." "Entonces, ¿quién eres?", le pregunté francamente asustado. "Soy Adelaida ", me dijo.

Media hora después -castamente, hay que decirlo, por si acaso- nos despedíamos en la puerta del Hyatt. "Si te he contado mi historia", me dijo, "es para que escribas otra novela de Adelaida". Y se le llenaron los ojos de lágrimas. Nunca la volví a ver. Nunca supe su nombre.

Me pregunto ahora cuándo surgió Adelaida. En ese momento yo simplemente trabajaba un fragmento sin saber dónde encajaría. "Oír su voz cuando se ponía, como ahora, un poco pastosa en el teléfono, hacía que Pelayo empezara a sentir por su cuerpo la corriente. Al principio era menos que eso, claro; era sólo la insinuación, el asomo, la virtualidad de la corriente, pero al poco rato..."

Tal como quedó lo primero que sabe de ella el lector es lo que sucede a Pelayo al oír su voz. Adelaida es presentada a través de su voz. La novela, en verdad, empieza y termina con la voz de Adelaida por teléfono. Sentía, mientras escribía, que las descripciones físicas que intentaba sin cesar, en lugar de ponerla delante, la alejaban. Se me volvía borrosa y arbitraria. Cuando me salió de la lapicera esa conversación de Pelayo y Adelaida en el teléfono, sentí que el personaje había nacido. Su voz, pensé después, más precisamente el efecto de su voz en el protagonista, puede hacer posible que el lector imagine la Adelaida suya.

La alegría ha sido que para algunos lectores (no para todos, por supuesto) esto ha sido así. Diga lo que diga, invente lo que invente ahora, sé -lo sé con el estómago- que escribo para ellos. Como sé que lo que quería -lo único que realmente quería con esa novela- era que Adelaida se parara en la página como una maravillosa mujer de carne y hueso.

Ich mag, wenn die Tinte ausgeht

Zuerst einmal möchte ich sagen, dass ich es niemandem empfehle, einen Roman zu schreiben wie ich es getan habe. Ich bin ein Schriftsteller, der aufwändig und verschwenderisch arbeitet, ich bin langsam, unorganisiert, in einem Wort: uneffizient. Ich schreibe zum Beispiel mit der Hand, genauer gesagt mit meinem Füllfederhalter Parker 51. Ich mag den Geruch der Tinte, den Strich der Feder gegen das Papier, die übereinander geschriebenen Korrekturen, die geschwungenen Pfeile, die Kringel mit eingefügten Sätzen. Ich mag es, wenn die Tinte ausgeht, denn es hat mich immer erstaunt, wie sie ihre ruhige Existenz, geschützt im Glas des Tintenfasses, aufgeben kann und sich der Schwerkraft widersetzt, während sie zur Spitze des Stiftes aufsteigt. Später übertrage ich das, was ich geschrieben habe, auf den Computer, drucke es aus und markiere mit meinem Füller Änderungen, mit denen ich später wieder zum Computer gehe und so weiter…

Weswegen ich allerdings die meiste Zeit verschwende ist, dass ich ohne ursprünglichen Plan schreibe. Ich kenne die Handlung nicht. Ich entdecke die Geschichte Stück für Stück, indem ich kombiniere, was ich geschrieben habe. Ich weiß nicht, was in der nächsten Szene passieren wird. José Donoso empfahl mir, am Ende jeden Tages aufzuschreiben, wie ich am nächsten Tag beginnen will. Ich habe beachtet, was er sagte, aber nicht, was ich selbst sagte. Ich befolge meine eigenen Anweisungen nur selten. Ich verweile in einem Zustand der Unsicherheit. Ich schrieb den Schluss von »Ihre Stimme hören« ganz zum Schluss. Er tauchte unvermittelt auf der Seite auf.

Figuren sind ebenfalls etwas Unbekanntes, bis ich in einer Szene, die ich schreibe, auf sie stoße; oder eher noch in einer Szene, die ich schon geschrieben habe. Aus genau diesem Grund weiß ich nicht, wohin sie wollen. Ich vergeude weitere Zeit, während ich ihre möglichen Leben erkunde.

Es ist natürlich für niemanden bequem, auf diese Weise zu arbeiten. Und doch: Letzte Woche zum Beispiel stellte mir Luis Helmes, Leiter des Fachbereichs Spanisch am Instituto Nacional, der besten Schule meines Landes, einen seiner ehemaligen Schüler vor, der heute ein junger Kollege von ihm ist und kürzlich selbst begonnen hat, am Institut zu unterrichten. »Ich bin Hochschullehrer geworden, damit ich niemals das Institut verlassen muss«, sagte er mir. Und dann: »Ich möchte Adelaida treffen. Stellen Sie mich ihr vor. Denn ich kann nicht glauben, dass es dieses Goldstück nicht wirklich gibt, so wie sie ist.«

Ungefähr drei Monate nach Erscheinen meines Romans rief mich eine junge chilenische Journalistin aus Río an und bat mich um ein Interview für eine brasilianische Wochenzeitung. In der Lobby des Hyatt-Hotels traf ich eine dunkelhäutige Frau um die dreißig. Wir tranken gleich dort einen Kaffee und die Frau erwähnte sofort eine Szene aus dem Roman. Nach einer Weile fragte ich, ob sie für ihre Interviews keinen Kassettenrekorder benutze. Sie antwortete, dass sie ihn gleich holen würde. Sie wollte mir auch ihren Text zeigen. Etwas später fragte ich sie, ob sie nun nicht ihren Rekorder holen würde. Da wurde sie ein bisschen nervös und sagte: »Nein. Es gibt keinen Kassettenrekorder und kein brasilianisches Magazin. Ich bin keine Journalistin.« »Was sind Sie dann?«, fragte ich sie, offen gestanden war ich erschrocken. »Ich bin Adelaida«, sagte sie.

Eine halbe Stunde später – ohne dass etwas zwischen uns passiert wäre, möchte ich für alle Fälle sagen – verabschiedeten wir uns an der Tür des Hyatt. »Ich habe Ihnen meine Geschichte erzählt«, sagte sie, »damit Sie noch einen Roman über Adelaida schreiben können.« Ihre Augen füllten sich mit Tränen. Ich sah sie niemals wieder. Ich fand niemals ihren Namen heraus.

Nun frage ich mich, wann Adelaida eigentlich auftauchte. Damals arbeitete ich einfach an einem Textstück, ohne daran zu denken, wo es hinpassen würde. »Ihre Stimme zu hören, wie jetzt, da sie am Telefon ein bisschen weich geworden war, würde Pelayo dazu bringen, den Strom durch seinen Körper fließen zu fühlen. Am Anfang war es natürlich weniger, eine bloße Andeutung, eine Spur, die Möglichkeit eines Stromes, aber nur wenig später…«

Was der Leser zuerst über sie erfährt ist das, was Pelayo erlebt, als er ihre Stimme hört. Adelaida wird durch ihre Stimme eingeführt. Der Roman beginnt und endet mit Adelaidas Stimme am Telefon. Beim Schreiben fühlte ich, das die Beschreibungen ihres Körpers, die ich immer wieder versuchte, sie eher undeutlicher machten, als sie in den Vordergrund zu rücken. Als jenes Gespräch zwischen Pelayo und Adelaida aus meiner Feder floss, merkte ich, dass die Figur geboren war. Mir wurde später klar, dass ihre Stimme oder genauer: die Wirkung ihrer Stimme auf den Protagonisten dem Leser ermöglichte, sich seine eigene Adelaida vorzustellen.

Ich habe mich darüber gefreut, dass es für einige Leser (natürlich nicht für alle) genauso war. Was ich auch sage, was ich auch erfinde: Ich weiß – ich weiß es tief im Innersten – das ich für sie schreibe. Denn ich weiß: was ich wirklich wollte – das einzige, was ich mir bei diesem Roman wirklich wünschte – war, dass Adelaida von der Buchseite wie eine wundervolle Frau aus Fleisch und Blut erstehen sollte.